Fotografía - Patricio Caneo

Una científica mendocina, junto con un equipo de trabajo, logró un producto antimicrobiano basado en la yerbamate.

Se trata de Patricia Vázquez, doctora en química y profesional de Conicet, que es oriunda del departamento de San Martín.

Esta científica sanmartiniana junto a su equipo, descubrieron que a partir de los residuos del mate, es decir, de la yerba lavada, comprobaron la inhibición del crecimiento de dos bacterias perjudiciales para la salud humana: la Escherichia coli y el Staphylococcus aureus.

“Las nanopartículas de yerba mate no permiten que estas bacterias crezcan. Las inhiben. Esto nace de una investigación muy reciente, que tiene apenas dos años y mucho camino por andar. Ahora vamos a buscar especialistas en medicina para poder darle una aplicación concreta al descubrimiento”, dijo Vázquez.

Respecto a las bases de la investigación del equipo de científicos pertenecientes al Centro de Investigación y Desarrollo en Ciencias Aplicadas Dr. Jorge J. Ronco (Cindeca, Conicet-UNLP-CICPBA) la especialista explicó que comenzaron con los residuos industriales.
“Se trabaja con los residuos que dejan las industrias, con todo lo que contamina para que los procesos industriales sean limpios. También nos dedicamos a los residuos que ya existen. Primero empezamos con los más comunes, los que se ven en la calle. Por ejemplo, los que quedan de las demoliciones”, detalló la mendocina.

Durante esa búsqueda observaron que la contaminación genera enfermedades, generalmente las relacionadas con las vías nasales de los más pequeños.
Según la investigadora, estos residuos tienen un punto de evaporación muy bajo, por lo que impactan mayormente en los más niños que son los que lo respiran.

“Había que hacer algo con eso. Por ello buscamos una línea de microbiología para determinar cómo trabajar. La idea fue iniciar con un residuo y terminar con un producto limpio, que no generara subresiduos”, informó.

Fue de esta manera que llegaron a la yerba mate. Pero no desde su concepción de alimento, es decir, antes de ser cebada, sino después, cuando ya fue utilizada. Entonces, eligieron diferentes tipos de yerba, para ver si había diferencias en la composición y para saber cuánto del compuesto necesitaban.

“Lo primero que notamos es que después de haber sido cebada cuatro veces, sigue teniendo actividad. Ese residuo lo pusimos en contacto con la sal de plata y se produjeron las nanopartículas (un millón de veces más chicas que un metro) que estábamos buscando”, explicó Vázquez.

Para este trabajo, se experimentó con dos marcas comerciales muy conocidas en la región, y en ambos casos los resultados fueron exitosos.

Lo primero fue moler el producto para reducir su tamaño. Para eso, según explica Romina Arreche –primera autora del trabajo y becaria posdoctoral– dejaron 10 gramos en un recipiente con 100 mililitros de agua a 70 grados centígrados durante 30 minutos, tiempo estimado de una ronda.

De ese tratamiento se separó un extracto líquido verdoso filtrado, rico en las sustancias bioactivas de la yerba. Y, por otro lado, el residuo sólido equivalente al que se tira a la basura luego de tomar, que fue utilizado para realizar una segunda extracción en las mismas condiciones.

“Luego de este otro procedimiento, se obtuvo una solución de color verde más clara pero que aun conservaba los compuestos del producto que nos interesaban, como vitaminas, minerales y antioxidantes”, agrega Arreche. A su vez, esa sustancia fue puesta en contacto con un elemento químico que se llama sal de plata, derivado del metal que lleva en su nombre, y que posee conocidas propiedades antimicrobianas, es decir, que inhibe el desarrollo de virus, bacterias y hongos.

Durante 24 horas, el equipo fue monitoreando lo que iba sucediendo en esa interacción: la formación de nanopartículas de plata. Al cabo de un día, el proceso se estabilizó y la solución resultante fue almacenada en refrigeración para luego estudiar sus atributos.

Con la solución obtenida se hizo un medio de cultivo para dos bacterias que pueden ser muy perjudiciales: Escherichia coli, que normalmente habita el intestino del humano y algunos animales pero que posee algunas cepas nocivas para la salud; y Staphylococcus aureus, en general responsable de causar infecciones en la piel.

Lo que sucedió fue que ninguna de las dos pudo reproducirse normalmente. De hecho, la inhibición de los microorganismos patógenos se logró con una concentración bajísima de nanopartículas.

Tal como indicó Vázquez, estas nanopartículas de yerba mate podrían ser aplicadas en la pintura de los sanatorios, en los hospitales o en telas de guardapolvos. Esto pensando en las bacterias Staphylococcus aureus.

En tanto, respecto de la Escherichia coli la especialista mendocina aseguró que se podrán incorporar en los plásticos, impregnándolos y luego envolviendo los alimentos, cuidando que la comida no se descomponga.

Fuente:Los Andes